Por Pedro Caballero.
Tuve la ocasión de comentárselo en persona alguna vez. El primer recuerdo que tengo de José Ballesta es viéndole manejar dos tizas de colores, una en cada mano, cuando las pizarras no eran digitales. Nos daba clases de Histología, en primer curso, desde la cátedra de Biología Celular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Murcia. Me impactó cómo podía, al mismo tiempo que recitaba la lección de memoria, dibujar tejidos y órganos con ambas manos a la vez, como una coreografía simétrica. Solo ese ejercicio de psicomotricidad, acompañado de un discurso en el que no se perdía el hilo, demostraba una cabeza privilegiada. Una mente que iba más allá del puro conocimiento técnico que transmite la docencia, pues disfrutaba de la lectura humanista, de la cultura, murciana y universal, de la música…
Cinco años después volvió a impresionarnos. En esta ocasión, había sido elegido recientemente rector de la Universidad y acudió a presidir el acto de nuestra graduación. Al clausurarlo se puso en pie y enlazó un discurso que nos llegó muy dentro, acerca de la vida que nos venía por delante y la que dejábamos atrás: los esfuerzos, los anhelos y las nuevas ilusiones. Aludiendo, entre lágrimas de los padres asistentes, al esfuerzo que muchas familias realizaban para que un hijo pudiera cumplir sus sueños.
Ya en los últimos años, como alcalde, ha seguido sentando cátedra, enseñándonos cómo se puede y se debe ser murciano: sin complejos y con el objetivo de ver a tu ciudad desenvolverse en un entorno amable para quien la habita y la visita.
El último año tuve oportunidad de disfrutar junto a él de una noche mágica para Murcia, donde la ilusión y la generosidad son protagonistas junto a la música y el fuego mediterráneo. Codo con codo estuvimos repartiendo juguetes en el Entierro de la Sardina. En esa ocasión volvió a brindarnos otra lección maestra: desde la carroza de Marte, dios de la guerra, mandaba el mensaje de que se podía plantar batalla a la enfermedad, con determinación y con ilusión, como la lucha que mantuvo en su puesto hasta el final, por hacer, de la suya, una ciudad mejor.
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El alcalde maestro
Por Pedro Caballero. Tuve la ocasión de comentárselo en persona alguna vez. El primer recuerdo…