Por Pedro Caballero
Las cosas grabadas a fuego en la memoria de las primeras etapas de la vida son difícilmente modificables. De esos años en los que la neuroplasticidad está en pleno fulgor quedan formas de entender la vida que se hacen permanentes. Tan solo unos 20 años de vida estudiantil marcan el sentido del paso del tiempo, de las estaciones, para siempre. Así, después de décadas de vida laboral seguimos, año tras año, esperando ansiosamente que lleguen aquellos veranos interminables de mañanas claras y ociosas y largas tardes de juegos en los que parecía que nunca se ponía el sol. Pero luego, si conseguía ponerse, seguía una noche lentísima, de conversaciones, de miradas al cielo, de descubrimientos sensoriales que el invierno no mostraba. Momentos que, en realidad, ya son historia para nosotros, que no suceden.
Llegan las temperaturas cálidas y los anocheceres van cayendo más tarde y se nos va poniendo el cuerpo con esa excitación que produce la expectativa de que momentos buenos están por llegar. La ciencia nos da su explicación, que sería que, a más horas de luz, más serotonina segregamos y mejor regulación de la melatonina.
Esto nos pone de buenas. Pero no puede ser todo bioquímica, tiene que haber algo más allá: es la estimulación del recuerdo. Es el condicionamiento clásico, que nos pone a salivar, como perros de Pavlov, ante la perspectiva de un veraneo disfrutón. Según la teoría del bucle del hábito, del divulgador Charles Duhigg, la señal sería el aumento de la luz; la rutina, el pensar que llegaba un estío de los de antes; y la recompensa, todas las vivencias que nos llevábamos.
Pero ¿realmente es así o, a pesar de que cada año nos damos de bruces con la verdad, nos seguimos engañando? Todavía nos excita ver llegar esta época pese a la machacona realidad, que se empeña en mostrarnos como, al final, todo se reduce a dos o tres semanitas sin trabajo. El resto es salir más, dormir menos y peor y trabajar lo mismo. Y llegadas las vacaciones, es ajetreo en tiempo de ocio. Visitas, viajes, maletas, camas incómodas, transportes, reservas en restaurantes con tiempo suficiente para que haya mesa… No hay análisis objetivo que lo sostenga y, aun así, como vuelven las golondrinas, vivimos diez meses al año añorando que llegue, de nuevo, ese verano eterno que ya no volverá.
No es cuestión de abonarse a que cualquier verano pasado fue mejor. De hecho, los veranos sí son los mismos, eres tú el que ya no. Pero seguimos con ese grabado a fuego: ¡verano ya!
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