¿Está gestándose un nuevo partido político? La conversación con la abogada experta en derecho de la Unión Europea y comercio internacional, Miriam González Durántez (Valladolid, 1968), apunta en esa dirección. Lidera España Mejor, una plataforma que podría ser el germen de ese proyecto, desde la que defiende reformas estructurales y una mayor implicación de la sociedad civil para impulsar cambios en ámbitos que van de la educación a las pensiones, pasando por la gestión del agua.
Casada con Nick Clegg, viceprimer ministro del Reino Unido entre 2010 y 2015, su trayectoria está marcada por una sólida proyección internacional construida entre Bruselas, Londres y Estados Unidos. Ese recorrido, unido a su cercanía a entornos de decisión política, ha reforzado una visión crítica sobre el funcionamiento de las instituciones. Esta semana ha pasado por el Real Casino de Murcia, donde ha impartido la conferencia El papel de la sociedad civil en el fortalecimiento de la democracia.
– Lidera España Mejor, una plataforma que busca implicar a la ciudadanía en la toma de decisiones. ¿Qué diagnóstico hace del momento actual y por qué cree que ahora es necesario un proyecto así?
España Mejor nace hace casi tres años como una organización de la sociedad civil con la idea de articular un espacio que en España apenas existe. Hay muchas iniciativas pequeñas o muy académicas, pero faltan plataformas donde personas que no se sienten cómodas en los partidos políticos puedan contribuir a las políticas públicas. La clave es no perder ese talento. Hay mucha gente con experiencia, con ganas de aportar, pero sin canales para hacerlo. Y además, en un contexto tan polarizado, también buscamos que personas con distintas sensibilidades puedan trabajar juntas, algo que ahora mismo no es nada fácil.

– Una vez que la gente se implica en el proyecto, ¿cómo se traducen esas ideas en cambios reales?
Trabajamos de varias formas. Elaboramos propuestas muy concretas con grupos de trabajo, lo más claras posible, alejadas de lo académico, para que cualquier ciudadano pueda entenderlas. No están pensadas solo para expertos, sino también para gente normal que aporta su experiencia de vida. Esas propuestas se envían a todos los grupos políticos y se presentan en el Congreso. Al principio ni siquiera sabían cómo gestionarlas, pero poco a poco se ha ido abriendo un espacio. Ahora los partidos empiezan a recibirlas, a debatirlas y a interesarse, sobre todo en cuestiones más técnicas.
«Llevamos décadas repitiendo los mismos escándalos porque no se cambian las normas»
– Ha sido muy crítica con el funcionamiento de algunas instituciones. ¿Dónde cree que están hoy los principales fallos del sistema en España?
Hay un bloqueo muy claro en todo lo que tiene que ver con la limpieza y la regeneración institucional. Es curioso porque en otros temas hay mucha polarización, pero en este hay casi unanimidad… para no cambiar nada. Ahí es donde estamos centrando gran parte del trabajo: en elevar el nivel de exigencia social. Porque hay medidas que podrían adoptarse de forma inmediata, sin grandes reformas legislativas. No hablamos de procesos largos, sino de decisiones que podrían tomarse en muy poco tiempo si hubiera voluntad.
– Entre esas propuestas destaca el código ético de gobierno que han planteado. ¿Qué incluye y por qué considera que es clave?
Es una de las medidas más importantes. Es un código con 99 puntos muy concretos, centrados en cuestiones prácticas como los conflictos de interés, los límites a los asesores, la transparencia o la relación con los medios. Incluye, por ejemplo, la obligación de dimitir si se miente en el Parlamento o la publicación de los currículums y funciones de todos los asesores. Son estándares que ya existen en otros países como Francia, Reino Unido o Portugal. Lo importante es que la ética debe estar por encima de la ley. Y que cuanto mayor es el poder, mayores deben ser las exigencias. Ahora mismo en España tenemos prácticamente el mismo sistema de control para un funcionario que para un presidente, y eso no es razonable.

– Desde fuera, da la sensación de que su perfil ha evolucionado desde lo técnico hacia lo cívico y lo político. ¿Ha sido una transición buscada o una consecuencia natural?
Ha sido bastante natural. Después de muchos años en entornos técnicos, llega un momento en el que ves que hay problemas estructurales que no se resuelven solo desde lo jurídico. Y también hay una sensación de responsabilidad. Cuando entiendes cómo funcionan las instituciones por dentro, es difícil no intentar contribuir a mejorarlas.
– En varias ocasiones se ha especulado con la posibilidad de que dé el salto a la política. ¿Es algo que está en sus planes?
La realidad es que no es una especulación, lo he confirmado desde el principio. Durante bastante tiempo hemos intentado que estas propuestas se incorporaran desde fuera, trabajando con los partidos. Pero después de dos años, sobre todo en temas de limpieza institucional, el bloqueo es evidente. Por eso estoy considerando crear una opción política nueva y trabajo en ello abiertamente. Lo que no es lógico es que España siga sin sistemas básicos de control de poder.
– Si ese paso se produjera, ¿qué tipo de proyecto le interesaría construir y con que objetivos?
Sería un proyecto muy centrado en la limpieza institucional y en ofrecer soluciones reales a los problemas de la ciudadanía. La experiencia demuestra que llevamos décadas repitiendo los mismos escándalos porque no se cambian las normas. Si no se modernizan los controles del poder, es muy difícil avanzar en otros ámbitos, incluida la economía o la innovación.
«Sigue existiendo una gran desigualdad es en el ámbito privado, en el reparto de los cuidados y del hogar. Es algo que se repite prácticamente en todos los países, desde Noruega hasta Guatemala»
– Su experiencia internacional es amplia. ¿Qué cree que España debería aprender de otros países?
Hay algo muy sencillo: cada vez que hay un caso de corrupción o un conflicto de interés, se revisan las normas para evitar que vuelva a ocurrir. Aquí eso no pasa con la misma intensidad. También hay prácticas muy concretas que funcionan, como la obligación de que los parlamentarios vuelvan regularmente a sus circunscripciones para rendir cuentas o la exigencia de dimitir si se falta a la verdad. Son medidas que no tienen nada de extraordinario, pero que ayudan a mejorar la calidad democrática.
– Además de España Mejor, impulsa Inspiring Girls, una iniciativa con presencia internacional. ¿Qué impacto está teniendo?
Es una red que ya está en más de 40 países y que funciona gracias a voluntarias que van a colegios a explicar a las niñas qué hacen en su vida profesional. El impacto es muy claro. Alrededor del 85% de las niñas que participan descubren nuevas opciones que no conocían y ganan confianza para plantearse su futuro de otra manera. La idea es sencilla: todas las mujeres pueden ser referentes, no solo las que ocupan puestos de alta visibilidad. Creo mucho en ese tipo de iniciativas basadas en pequeños cambios constantes. No hace falta hacer algo revolucionario, pero sí mantenerlo en el tiempo. Cuando un proyecto se sostiene durante diez o trece años, como es el caso, se convierte en un goteo continuo que acaba generando transformación real.

– ¿Siguen teniendo las mujeres referentes menos visibilidad que los hombres en los mismos ámbitos?
No sé si hablaría exactamente de los mismos puestos, pero sí es evidente que hay menos mujeres en los niveles más altos de casi todos los sectores. Eso ocurre especialmente durante los años de maternidad, donde se va produciendo una caída progresiva en el número de mujeres a medida que se asciende. Y eso, inevitablemente, reduce la visibilidad. Pero también hay un matiz importante: el concepto de referente no debería limitarse a quienes están en la cúspide. En nuestro caso trabajamos con una idea más amplia, donde cualquier mujer, en cualquier tipo de puesto, puede ser un modelo válido. En campañas como ‘Esta niña pequeña soy yo’, que lanzamos cada año en torno al Día Internacional de la Niña, participan desde figuras como Melinda Gates o Sheryl Sandberg hasta mujeres que trabajan en un supermercado. La referencia no es solo el éxito, sino la posibilidad de verse reflejada en múltiples caminos.
– En ese sentido, ¿cuál diría que es hoy el principal hándicap para las mujeres en el mundo laboral y social?
En los países desarrollados, incluido España, la igualdad legal está bastante consolidada y en el ámbito laboral se han producido avances muy importantes en los últimos años, aunque todavía haya sectores donde persisten dificultades. Donde realmente sigue existiendo una gran desigualdad es en el ámbito privado, en el reparto de los cuidados y en la gestión del hogar. Es algo que se repite prácticamente en todos los países, desde Noruega hasta Guatemala, aunque con diferentes intensidades. Y esa desigualdad tiene un impacto directo en todo lo demás.
– Está casada con Nick Clegg, que fue viceprimer ministro del Reino Unido. ¿Cómo ha influido esa experiencia en su forma de entender la política?
Me ha permitido ver muy de cerca cómo se ejerce el poder y cómo funcionan las instituciones en otro contexto. Eso refuerza la idea de que no hay ningún determinismo en España que impida mejorar. Hay países con sistemas más exigentes y más transparentes, y eso demuestra que es posible si hay voluntad de hacerlo.