Mis amigos se pinchan

Por Pedro Caballero.

Mamá, mis amigos se pinchan. No te pude decir esto en los ochenta, porque estaba en infantil. Pero te lo digo ahora. Ha venido otra oleada de agujas entrando en la piel. Está cayendo todo mi entorno en el pinchazo. No hay un momento de inyección ritual. No se juntan para ello. Se hace en soledad, en casa. No lo reconocen, lo llevan casi en secreto, pero yo lo sé, mamá, se pinchan. Se lo noto en la forma que se les van quedando los cuerpos, como con los hombros puntiagudos. Y en las caricas afiladas. Están por todas partes. Gente que este verano era redonda, andan ahora como quijotes.  

Si no es por eso, no lo notarías, mamá. No hay moratones ni heridas porque, no se inyecta nada en vena. Se coge un pliegue del michelín y se pincha con un clic. Hacen su vida normal, socializando sin problemas. Acuden a las comidas convocadas y van a festivales, con sus vasos de cerveza en la mano. Se supone que, con menos ganas, pero lo llevan. 

Ya en la antigüedad, hombres y mujeres intentaban gozar de los placeres mundanos sin que eso afectara a la fisonomía. Que los actos no tuvieran su reflejo en el aspecto. Se vomitaba en las bacanales clásicas, se hacían ayunos con pretexto religioso; y hace unos siglos se apretaba el corsé hasta la extenuación. Luego vinieron los refrescos light y las mantequillas sin grasa. Lo penúltimo, las maratones, los entrenadores personales y el crossfit. El objetivo humano siempre ha sido ir modelando nuestra figura hacia una mejor, idealizada, que se dibuja en nuestra mente colectiva.  

Pero el futuro ya está aquí, mamá. Nos encaminamos a una sociedad de maniquíes perfectos. Tendremos antídoto para todos los excesos. Y para todos los defectos, como el de no levantar el culo del sofá. No habrá gordos, ni feos. Todas las cabezas con pelo (te reconozco que esto me fastidia un poco, porque es lo único que me había regalado la naturaleza, y ahora es un bien que se compra). Si somos perfectos, seremos una sociedad más feliz. ¿No lo crees? 

No te preocupes, mamá. Las inyecciones van con receta y están bajo control médico. Bueno, así debe ser y así empezó la cosa, aunque te reconozco que es verdad que algunos ya lo consiguen de estraperlo. No están precisamente regaladas, que algunas valen el peso que quitan, en oro. Te reconozco que es tentador. Verte bien. ¿A quién no le va a gustar? Si caigo, te prometo que sería controlado. Ya verás, mamá. Solo por un tiempo. Yo controlo. Pero es que mis amigos se pinchan.



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