Por María Meseguer.
¿Y si antes de cruzar las puertas del templo de la justicia, pasáramos por el templo del diálogo? Vivimos en un tiempo donde el conflicto parece haberse instalado en todas partes: en las instituciones, en las empresas, en las familias, incluso en las conversaciones más cotidianas. Las posiciones se endurecen, el ruido sustituye a la escucha y la prisa desplaza a la comprensión. Y surge una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de mirarnos, de escucharnos, de dialogar para llegar a soluciones justas y equilibradas? ¿Se nos ha olvidado?
Esta reflexión aplica directamente a lo empresarial. Porque detrás de cada tensión no resuelta, de cada decisión bloqueada o de cada relación deteriorada, hay costes reales: económicos, emocionales y reputacionales. Y es precisamente aquí donde la mediación —ese “instrumento profundamente humano”, como la ha definido el TSJ de Murcia— se convierte en una herramienta estratégica para las organizaciones que quieren avanzar.
La Ley Orgánica 1/2025, regula los MASC, (Medios Adecuados de Solución de Controversias) mecanismos extrajudiciales, como el de la mediación, diseñados para resolver conflictos civiles y mercantiles de forma pacífica, rápida y voluntaria sin ir a juicio.
Esta ley llega para recordarnos algo esencial: antes de litigar, podemos dialogar. Antes de romper, podemos reconstruir. Antes de perder, podemos comprender. Y ese cambio de enfoque no solo transforma la manera de resolver conflictos; transforma la manera de hacer empresa, su cultura organizacional y la manera de mostrarse ante sus grupos de Interés.
La ley invita a las organizaciones a pasar de la reacción a la prevención, de la tensión al diálogo, del desgaste a la corresponsabilidad. Cuando cada relación cuenta y cada decisión pesa, este enfoque supone menos incertidumbre y más capacidad de adaptación. Abre un espacio seguro para abordar discrepancias entre socios, fricciones entre departamentos o tensiones con proveedores sin romper relaciones ni asumir costes innecesarios.
Las empresas que apuestan por la mediación se transforman: mejora el clima laboral, se reduce la tensión emocional y los equipos recuperan la confianza.
El mediador no dicta soluciones; facilita que las partes las construyan. Y eso genera un impacto profundo: las personas se sienten escuchadas, respetadas y parte de la solución. En un mercado donde el talento valora tanto el ambiente como el salario, este enfoque deja de ser “soft” para convertirse en estratégico. Y esto retiene talento, mejora la imagen y fortalece alianzas.
Las organizaciones que la integran en su política envían un mensaje claro: aquí se cuida a las personas y se construyen relaciones sostenibles.
Claramente, la mediación mejora relaciones, reduce costes y fortalece alianzas, sí, pero sobre todo crea entornos más humanos, más sostenibles y capaces de convivir, además de suponer una pieza esencial en una justicia moderna, eficiente y centrada en las personas.
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