Por Elena Fuentes.
Desde su murcianía, no solo por haber nacido en Yecla, sino porque hay algo profundamente del sureste en su forma de habitar el mundo, esa mezcla de luz excesiva y sombra abrupta, de periferia que mira lejos, de tierra que aprende a resistir la sequía, Lidó Rico se lanza al mundo como si fuera un muro: no lo contempla, lo embiste. Su obra empieza ahí, en ese gesto obstinado de quien decide que el muro no es un límite, sino una membrana.
De esa fricción nacen formas que parecen recién arrancadas de un sueño: rostros que se hunden, manos que clavan sus dedos, torsos a medio nacer. Fragmentos de cuerpo que no ilustran nada y, sin embargo, lo cuentan todo: el miedo, el deseo, la memoria y esa pulsión extraña de existir un poco más allá de uno mismo.

El cuerpo como verbo
El proceso creativo de Lidó Rico no se entiende mirando solo el resultado; hay que imaginar el antes: el taller, el silencio tenso, el momento en el que decide ofrecer su anatomía como herramienta. No usa el cuerpo “para hablar del cuerpo”; lo usa como se usa un verbo en una frase: para poner el mundo en movimiento.
Se cubre, se protege, se expone: hunde cabeza, manos, brazos, torso en moldes, resinas, yesos. No es un posado: es un combate. La materia ofrece resistencia, muerde, deja marcas; él responde con otra presión, más insistente, hasta que el material acepta la huella. Lo que luego veremos en la sala —esa boca abierta, ese perfil que pugna por salir— es el recuerdo solidificado de esa lucha previa.
Hay algo casi sacramental en ese gesto: un cuerpo que se presenta al sacrificio, no por espectáculo, sino para registrar en la materia la experiencia de ser frágil, vulnerable, mortal. Su escultura no parte de la idea: parte del estremecimiento.

Hibridar lenguajes
La palabra “escultor” se le queda pequeña. En la obra de Lidó Rico la escultura se funde con la instalación, la arquitectura, lo performativo, la ciencia, la luz y la escritura: cada pieza es un pequeño ecosistema donde los lenguajes se contagian.
La arquitectura no es fondo, sino interlocutora; el espacio se vuelve escena en la que el espectador entra y se ve rodeado de presencias; el cuerpo del artista, en acción, deja una huella performativa que sigue vibrando en la forma final. La ciencia —sobre todo la neurológica— aporta mapas y metáforas, y la luz y la sombra reescriben continuamente la obra, convirtiendo un susurro en grito según el foco.
Esta mezcla no es un capricho, sino la consecuencia de entender que la experiencia humana nunca habla en singular: somos cuerpo y memoria, ciudad y herida, impulso eléctrico y celebración. Su obra hibrida lenguajes porque así es también la vida que intenta contar.

Un laboratorio emocional
El taller de Lidó Rico funciona como un laboratorio de anatomía afectiva: moldes, resinas, bocetos y herramientas forman el paisaje donde cada pieza es un experimento con una pregunta de fondo: ¿qué queda de nosotros cuando el tiempo pasa?
A veces la respuesta es un grito —cuerpos atrapados, gestos que empujan desde dentro del muro— y otras, un susurro frágil, casi íntimo. Su proceso acepta la duda y el accidente: ensaya, destruye, recomienza, escucha las burbujas, las fracturas, las deformaciones. Deja que la materia “opine”. La obra nace así de la conversación tensa entre voluntad y azar.
En proyectos situados en espacios cargados de memoria su trabajo alcanza una intensidad particular. Las paredes que guardaron silencios y castigos se ven ahora atravesadas por cuerpos que parecen reclamar su lugar en la historia.

El Tiempo
Hay en su trabajo una obsesión repetida: el tiempo. No solo el que erosiona la materia, sino el que agujerea la memoria. Las piezas que dialogan con el cerebro —convertido en materia escultórica, en estructura, en mapa— funcionan como advertencia poética: lo que somos puede deshilacharse por dentro sin que se note por fuera.
De ahí que algunas obras incluyan gestos hacia el futuro: cápsulas de tiempo, objetos escondidos, mensajes que solo se abrirán cuando nosotros ya no estemos. Es casi un pacto con quienes todavía no han nacido:
“Esto fuimos. Esto quisimos contar. Haz con ello lo que puedas”.
Piel y memoria
En Murcia, piel y memoria su investigación sobre el cuerpo se muda al territorio. La ciudad se convierte en un organismo gigante, el muro desaparece para transformarse en una piel saturada de rostros, torsos envueltos, manos en tensión que avanzan hacia el espectador. Entre las figuras se incrustan marcos, medallas, pequeños objetos y reliquias, como restos de un naufragio compartido: fragmentos de biografías que se agolpan y se sostienen unas a otras.
Lo que tenemos delante no es solo una gran escultura, sino un relieve coral de comunidad, un retablo civil donde lo individual y lo colectivo se entrelazan. Murcia, piel y memoria trasciende así la idea de mural decorativo y se afirma como imagen duradera de una ciudad que se reconoce en su propia multitud: un lugar donde la memoria no se enuncia en un discurso, sino que queda literalmente grabada en la carne del muro.

Una poética de la resistencia sensible
Lo que más me interesa de Lidó Rico no es solo la potencia visual de sus obras —que la tiene, y mucha—, sino la coherencia poética de su proceso. No teoriza desde la distancia: se pone en riesgo, presta el cuerpo, se deja atravesar por la materia y por los contextos que habita.
Su hibridación de lenguajes no es un ejercicio de estilo, sino una forma de honestidad: admitir que para hablar de lo que duele, de lo que se recuerda y de lo que se olvida, no basta un solo idioma artístico. Hay que convocar a todos: el peso del yeso, la dureza del metal, la penumbra del espacio, el silencio del espectador, el eco de la ciencia, la vibración de la arquitectura.
En un tiempo en que mucha imagen se agota en la pantalla, sus muros llenos de cuerpos parecen recordarnos algo esencial: la experiencia estética sigue siendo, ante todo, física. Uno se enfrenta a esas piezas y, antes de entenderlas, las siente en la espalda, en la garganta, en el estómago.
Si el arte es, de alguna manera, la capacidad de producir formas que nos obliguen a repensar quiénes somos, la obra de Lidó Rico es una de esas preguntas insistentes que nunca se cierran:
—¿Hasta dónde llega tu cuerpo?
—¿Qué estás dispuesto a recordar?
—¿Qué huella quieres dejar en la piel del mundo?
Hasta el 26 de enero de 2026, quienes se acerquen a contemplar Murcia, Piel y memoria tendrán la oportunidad de empezar a responder —en silencio o en voz baja— todas esas preguntas.