Por Pedro Caballero.
Salí a la calle desde el portal. La mañana era algo fresca para la fecha, pero muy agradable. Esa temperatura neutra que, sin frío ni calor, se desearía para todo el año. Pasé unos instantes sin notar nada, pero a medida que empezaba a caminar sentía una sensación extraña. Como que algo no encajaba. No fue hasta el segundo o tercer rótulo ininteligible cuando me detuve. Los rótulos en las fachadas de la Trapería lucían palabras nuevas a mis ojos, de difícil pronunciación. Exceso de consonantes acumuladas y mucho uso de k. Debía ser algo eslavo o urálico…
Al fondo, a la altura del Casino, distinguí una bandera tricolor. Era la húngara. Todo encajó. Como ya no creo en la magia, tuve clarísimo que estaba en un sueño. Uno de esos sueños en los que eres plenamente consciente de que te encuentras inmerso en él. Y estas cómodo y no quieres despertar, sino seguir indagando. Continué el paseo. No había vendedores de “los ciegos” en ninguna esquina, cosa que no eché de menos pues, desde que no cantan las terminaciones murcianas para las dos últimas cifras, han perdido interés para mí.
No se veían patines eléctricos así que bajé la guardia y continué relajado, con paso lento, intentando pronunciar mentalmente los letreros de los establecimientos. Me entraron ganas de tomar un “kávé” tranquilo. Pedí en una barra un “espresszó”, y la camarera, de pelo negro y piel muy blanca, se detuvo al ver mi cara de asombro cuando me devolvió cuatro euros de un billete de cinco. Considerándome afortunado guardé tres monedas en el bolsillo y retuve una en la mano para dársela a algún pedigüeño. Pero no encontré. Ninguno se me acercó a pedirme algo. Tampoco el que te maldice, entre dientes, sino le das dinero. No vi a nadie tirado en el suelo mendigando. Al avanzar, me extrañó que no hubiera gente haciendo cola para comprar lotería de Navidad. En cambio, sí vi un viejo carro rústico que hacía de librería. Algún curioso se entretenía ojeando algún libro de poesía. Casi me había parecido ver, de reojo, que se había recuperado el clásico cartel de la panadería Viena, en un onírico guiño austrohúngaro.
Pero sobrepasé la gran plaza y algo empezó a fallar. Al asomarme al río, la inmensidad fluvial del Danubio no fue mi visión, sino que mis ojos encontraron la cotidiana vista del río: un lacónico flujo de agua de cuenca mediterránea. Regresé hacia atrás sobre mis pasos, queriendo volver a mantenerme inmerso en el sueño, pero ya unos guardas de seguridad me impidieron el paso delante de unas vallas. Debía rodear, por detrás, la catedral.
Estaban rodando una película. Algo de Hollywood, me explicaron. El bienestar en la ensoñación se iba desvaneciendo. Me resistía a hacerme consciente de la realidad a la que me trajeron, súbitamente, los gritos que se intercambiaban dos sintecho frente a un comedor social. Efectivamente, ni sueño ni viaje astral a Budapest.
El sol ya picaba. Decidí hacer tiempo en una terraza, con caña y marinera, y me quedé meditando sobre la experiencia ¿Por qué aquí? El mejor clima y, a la vez, pocos turistas que molesten. En pocos lugares se puede dar esa combinación. Pues igual por ahí tenemos nuestro filón… Eso pensé, mientras recogía los dos euros y pico de vuelta del billete de diez.
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